Camino por la calle, me detengo y observo... rostros vacios, otros, llenos de expresión. Todos siguen su camino, inmersos en su mundo interior, sin mirar a su alrededor.
El sonido apagado de unos pasos capta mi atención. Un cuerpo deformado por el paso del tiempo se apoya en un bastón. Lo recorro lenta, muy lentamente con la mirada deteniéndome en un rostro surcado de arrugas; arrugas suavizadas por la vivacidad de una mirada que habla de sueños, amores y desilusión.
Nuestras miradas se cruzan deteniéndose un breve instante. Todo se estremece en mi interior.
Mis ojos se desvían atraídos por el llanto de un niño. Lo acuno en mis brazos. Su sufrimiento es mi sufrimiento; su dolor es mi dolor. Unos brazos amorosos lo rescatan de mis brazos, su agradecimiento reconforta mi corazón.
Me siento observada y me vuelvo. Mi sonrisa es su sonrisa. Mi satisfacción, su satisfacción.
Ella sabe que en todo lo que hago manda mi corazón, que en él no hay cabida para la obligación.
Agita suavemente la mano... y no es para decirme adiós. Es para decirme que sabe lo que quiero, que le habla mi corazón.
Agito suavemente la mano... y no es para decirle adiós. Es para decirle que no dejaré escapar la oportunidad de arriesgarme, aunque me cause dolor; que quiero tener, con el paso del tiempo, un rostro surcado de arrugas que hablen de desilusión y amor.