El otoño trajo la caída de las hojas, el viento frío y un cálido sol que me entibia y reconforta.
La tarde me acoge en su silencio; la inquietud se adueña de mi cuerpo e incapaz de liberarme de ella, el desasosiego se apodera de mí.
Te fuiste, me dejaste sin calor al llevarte tu cantar.
Tú, que me despertabas cada mañana, ¿donde estás?.
Tú, que te posabas es mis rodillas, rígidas por el miedo a que echases a volar; me enseñaste con tu presencia a no esperar de la vida más de lo que ésta me podía dar.
Sé que volverás, tu trabajo todavía está por finalizar. Me traerás de nuevo con tu canto el calor de otras tierras y juntos volveremos a soñar con las pequeñas cosas de la vida que nos quedan por disfrutar. Desplegarás tus curvadas alas para iniciar el vuelo, pero aún no te irás, quedarán muchos días para escuchar tu canto, para que me enseñes a volar.
Mi pequeña golondrina, ¡espléndida en tu vuelo! ¡espléndida en tu cantar!.
No olvides que espero que en mis rodillas te vuelvas a posar.