
A veces pienso en esa niña, que de pie en el puerto observaba fascinada a los marineros con sus callosas manos cosiendo, reparando las redes, puntada a puntada y mirando al cielo.
Me pregunto qué pasaba por su mente, cuales eran sus sueños y no los recuerdo; sin embargo, quiero pensar que soñaba con ser un velero, surcando los mares sin saber que le esperaba en cada puerto.
Esa niña ha ido creciendo y quiere ser un velero. Un velero que con sigilosa majestuosidad se vaya abriendo camino entre las aguas de un mar, a veces apacible, a veces fiero.
En su recorrido, maravillosos y pintorescos lugares le van acogiendo, pero sigue su ruta buscando un lugar que no tiene nombre, que no tiene dueño, esperando encontrar lo que sólo existe en sus sueños.
En la lejanía, una hermosa ensenada le atrae. Coronado por una verde espesura se halla un puerto y hacia él se dirige, velas al viento.
No ha visto los arrecifes hasta que lo destrozan por dentro. Allí queda encallado, al igual que sus sueños.
Unas manos amorosas vuelven a recomponerlo, pincelada a pincelada lo van decorando de nuevo, preparándolo para hacerse otra vez a la mar.
¡Cuántas y qué profundas cicatrices!.
¡Qué bello!.
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